I Ching semanal

Escrito el 28 Octubre, 2009 por Revangel

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Todos los martes desayuna aquí, en el bar de la esquina. Siempre pide un café. Un café solo. Todos los azucarillos tienen impreso un mensaje. Coge su azucarillo por el borde. Todos los martes lee su mensaje en voz baja, como un conjuro, y lo vuelca en la taza. El azúcar y el mensaje. Coge la cucharilla. Sonríe. No sabe que lo estoy mirando. Remueve el café y se lo bebe, muy lento. Pliega el sobrecito hasta reducirlo al tamaño de un grano de café y se lo traga. Esto siempre me hace gracia, pero no lo nota. Él se va más contento. Yo siempre le pregunto desde la barra, antes de que se cierre la puerta a su espalda. Todos los lunes por la noche añado un mensaje a mi lista de papel. Cada vez me cuesta más encontrarle un azucarillo nuevo.

Tarde escrita de domingo

Escrito el 29 Septiembre, 2009 por Revangel

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A veces las tardes de domingo son perfectas para escribir. Sobre todo si es una de esas tardes de finales de septiembre; el cielo está cubierto, miras hacia arriba y descubres encantando algunos trozos de azul. Entonces te apetece. El momento, por fin, ha llegado. A lo mejor es por algo que has leído. O porque ya no quedan vencejos. Y estás sentado en el balcón con tus zapatillas de invierno; los brazos al aire parecen de otro tiempo. La humedad en el ambiente, después de la lluvia, disuelve las voces de los niños en la acera. También los colores. Hay estorninos en las antenas de los áticos. Uno en cada una. Simétricos. Con las sombras que se estiran, es posible que quieras ponerte un jersey. Pero te da pereza moverte y relees por cuarta vez el último párrafo del último libro que tienes en las manos. Te dices que deberías levantarte. Pero te entretiene ese olor a vida contenida, a barbecho. Te entretiene el silbido de los pájaros de charol. Cantan la última canción los canarios en sus jaulas; en los balcones vuelven las mujeres a tender la ropa. El aire es fresco y el ladrillo desprende un calor de regazo. Eso te recuerda que el bizcocho está en el horno. Al final te levantas y entras, coges un papel, escribes lo que piensas; mientras lo haces te parece una tontería. Apuntas: «Tontería». Y lo dejas. Después lo relees y te parece que no está tan mal, que a lo mejor dejándolo reposar, como un buen café o un buen arroz… a lo mejor lo verás después con nuevos ojos (los otros los guardas en el cajón, para más tarde). Puede que entonces veas que está ahí lo que querías contar, lo más importante; que mañana, si quieres, puedes deconstruirlo y rearmarlo, quitar un adjetivo, reorganizar los párrafos. O puedes dejarlo estar. Como un sabor.

En lo que tardas en despejar tus ideas (barres las interferencias; ahora vadeas el abismo entre tu cabeza y tus dedos) el cielo se aclara, las nubes se compactan y emigran, el aire se enfría y los pájaros callan. Ahora tendrás que ponerte el jersey. No tenías que esperar. No hacía falta pensar tanto. Al fin y al cabo solo se trataba de una tarde de domingo.

Epifanía

Escrito el 24 Septiembre, 2009 por Revangel

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Menos puertas.

En un cielo craneal

Gira la veleta, el pensamiento.

Entra el aire.

La mirada afuera;

El descubrimiento, dentro.

«¿Era esto?»

Lima la sombra la luz de su espacio.

Se acorta, se crece, ríe. Encara el rostro

En un micromovimiento.

***

Canta el silencio ahora.